Galway, mezcla perfecta de tradición y bellos paisajes

Es una ciudad llena de vida, de maravillosos y bucólicos alrededores y dónde el arte se huele en cada rincón al ritmo de los viejos violines

En el condado de Connaght, uno de los más bellos de Irlanda, destaca como protagonista de una bella fotografía, Galway. Situada en el oeste de la isla y rodeada de enormes praderas verdes, esta fantástica ciudad de calles centenarias y casas de colores, ofrece una multitud de experiencias a sus visitantes; dónde el arte, el mar, el campo y su gente hacen de ella un sitio inolvidable.

Los habitantes transmiten calidez desde el minuto cero, en cuanto pisas su pequeña estación de autobuses. Hay tres formas de llegar a esta hermosa localidad desde Dublín: en avioneta con precios bastantes altos, en un coche alquilado o en autobús, la más económica. Cuatro horas de viaje dónde disfrutas de vistas increíbles de la estepa irlandesa. El carácter de los irlandeses es cercano, afectuoso y amable. Se percibe en cualquier sitio, tal vez motivado por su larga historia como emigrantes.

Como en un cuento, el puerto, abarrotado de antiguos barcos de pescadores y bandadas de cisnes jugando con los niños, saluda al viajero con olores fuertes a sal marina.  Los sonidos del agua que emergen de sus cuatro canales acompañan a los paseantes que caminan por sus vías de adoquines en busca del bar más cercano, de las pequeñas tiendas de recuerdos decoradas con tréboles (símbolo del país) o de sus hogares.

Los locales se llenan a la caída del sol. La música en directo y  los camareros de todas las partes del mundo son sus mejores bazas para atraer a los clientes. Los residentes siempre tienen una pinta en la mano y el sonido de un viejo violín suele amenizar el cierre del establecimiento transportando a locales y  foraños a lugares de leyenda con tiernas canciones. Es una sensación de bienestar y calma. Porque estar en Galway, es estar en familia.

El alcohol es un símbolo cultural en Eyre. Aunque suena a tópico, la verdad es que los pubs, de todo el país, son el punto de encuentro de viejos amigos, dónde se dirigen a la salida del trabajo y dónde todos acuden en el duro momento de la muerte. En el cementerio de la ciudad, como ocurre en toda la república, hay un bar. Y es fundamental, según comenta Andy, nativo de la región: “una vez entierras a tu ser querido lo mejor es ahogar las penas cantando, bebiendo o llorando durante horas, es terapeútico.”

La lluvia, presente una media de 281 días al año y que resulta muchas veces  incomoda, otorga a sus calles,  al cielo y sus grandes playas, un color gris casi negro que evoca una sensación de tranquilidad y nostalgia que, sin querer,  invita a imaginar historias sobre tormentas, piratas y brusco oleaje.

Como turista, uno no debe abandonar la villa sin comprar el Claddagh, un anillo único que representa el amor puro con un relieve de dos manos sujetando un corazón. Los Galwegians se lo suelen regalar a sus novias en cenas románticas que celebran en los restaurantes, muy cucos y económicos, que ofrece este pueblo grande. En ellos se puede degustar desde el plato típico irlandés, el stew, un guiso de oveja con verduras en forma de sopa, hasta comidas de todas las partes del planeta como la italiana, la tailandesa  o la china muy asentadas en el centro histórico.

La cultura irlandesa es familiar. Sus cenas de domingo son toda una tradición. Se reúnen para comer cordero asado con cantidades extenuantes de verduras y de postre tarta de manzana. En la sobremesa con un buen café irlándes disfrutan de los partidos de hurling, un tipo de “hockey hierba” jugado en un campo de rugby, o  de fútbol gaélico,  parecido al normal pero con distintas reglas. Son católicos, creyentes y practicantes, y por ello cumplen,  con un gran sacrificio,  cada Viernes Santo cerrando todos sus locales. También son jugadores, les gusta apostar. Las carreras de caballos y galgos son famosas en el lugar dónde, sobre todo, las mujeres se visten con sus mejores galas. El dinero y el buen vino se consumen a destajo. Fanáticos del rugby no se pierden el partido de los locales los fines de semana y la fiesta más peculiar de la región es el día de la tortita (pancake day), en marzo,  dónde los vecinos ofrecen gratis tan rico manjar a cualquiera que llame a su puerta.

El verano es la mejor época para visitar el condado. Durante el curso escolar, sus dos universidades están repletas de estudiantes pero, con el buen tiempo,  son los turistas los  que invaden sus calles. Las zonas más visitas son la Iglesia de San Nicholas, comentan con orgullo que la visitó Cristóbal Colón, el mercadillo de los sábados lleno de  gastronomía de la zona,  rica y barata,  o la gran cantidad de tiendas de main road dónde muchas veces te ves obligado a sortear a los artistas callejeros asentados en cada esquina. Es una ciudad de festivales.  En su famoso “Arts Festival”, en julio, autores noveles y músicos locales presentan sus creaciones durante 15 días y en el “Oyster Festival”, en septiembre,  son muchos los que disfrutan por un precio de cincuenta euros de una docena de ostras, salpicón de marisco y toda la guiness que pueda beber. Su country side es un hermoso escaparate. Algunos días afortunados, con un sol radiante, es recomendable visitar los dólmenes de piedra, los bucólicos pozos escondidos, los campos de ensueño como Connemara o los acantilados más altos de Europa, que provocan vértigo, los Cliff de Moer.

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