Sentimientos que mueven continentes…

¿Cómo es posible sentir algo por alguien a quién ni siquiera conoces? Esta pregunta seguramente ha sido contestada, y más bien sufrida, por muchos. Un antes, un durante y un porqué que se sale de toda norma, que se escapa de todo patrón.

Las nubes alumbran el amanecer cuando la oscuridad desaparece y los ingeniosos duendes, que ocultos reparten las alegrías y las penas, me ofrecen una dulce oportunidad. Tal vez haya caído, tal vez esté convencida. La luna se ve más blanca que nunca, las calles más limpias, el verde es más verde y mi corazón late con el de un niño cuando le regalan su primera pelota. Sí señores, se llama esperanza.

La esperanza, a veces confundida con la nostalgía y en algunos casos con la desesperación, puede ser una buena alíada cuando es bien entendida. Esperanza de un mundo mejor, de una vida mejor, de unos sentimientos mejores.  Sonreír.

El otro día en mi búsqueda de aventuras en este extraño país, fuí a parar a un restaurante que se llama Cuba Libre -no voy a hacer ningún comentario a este respecto, aunque muchos sabréis la ironía que estoy pensando en este momento, libre… bueno vamos a otra cosa-. En ese lugar lleno de chicas con vestidos algo más que sugerentes y que sin duda no dejaban lugar a la imaginación conocí a Ignacio, un portero cubano cuya cara era un cuadro. Mientras fumaba mi cigarro 35 de ese día, vi como al pobre le gritaban, le mandaban y le ultrajaban. Su rostro y postura eran un poema. Mirándole sentí lástima por él -pero de la buena-, me  acerqué, le toqué el brazo y le dije: sonríe. -Ya me conoceis no pude callar-. Y una sonrisa alumbró su rostro.

Una sonrisa cuán importante es. Un gesto que te identifique con el mundo, con tus semejantes, que muestre que los demás se preocupan por ti. Tal vez el amor sea simplemete eso, una muestra de que hay alguien por ahí que tiene interés en lo que te ocurre, en lo que piensas, en lo que sientes.

Tal vez la solución sea hacer el bien. Hablar, sentir, explorar, avanzar… retroceder… volver a avanzar. En un continuo constante, sin retorno, sin  pausa, sin apuesta… sin miedo. Tal vez querer a alguien a miles de kilómetros no sea lo importante, tal vez lo importante sea ser capaz de querer. Un dilema, sin duda.

A mi amigo José, para que se recupere pronto.

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